
07.11.10 - ISABEL ÁLVAREZ
La fotografía de presentación de la exposición 'La Rioja en la memoria' ha cautivado a todos aquellos que han tenido la oportunidad de bucear en sus fondos. La imagen, tomada en 1910, muestra al riojano de hace más de un siglo en un paisaje idílico, muy bien conservado. Seis hombres de mediana edad, un niño y un perro posan junto a un enorme roble, cuyas raíces se asientan desde hace cientos de años en el límite del municipio de Canales de la Sierra y Huerta de Arriba, en Burgos.
Cuatro de los varones están apoyados en el tronco, mientras los otros dos y el pequeño se han subido a las ramas. Una botella de vino y varias hogazas de pan se sostienen en algunas cavidades de la madera. Son estos los pocos datos que se han descifrado de la singular fotografía, cuyo autor se desconoce. «Seguramente, la hizo un fotógrafo de la zona. Creo que pudo ser Inocencio Ruiz, que tuvo un estudio en Lumbreras. Era un excelente profesional y utilizaba un material muy parecido al del negativo original», deduce el fotógrafo Jesús Rocandio, comisario de la exposición y quien, junto al popular Teo, Timoteo Martínez, compañero de profesión, se ha devanado los sesos por saber más de la singular estampa.
Tampoco de sus protagonistas se tienen pistas. «Es muy posible que fuesen vecinos de Canales y que se desplazasen ex profeso hasta el roble para hacerse la foto», opina Rocandio. «Por la vestimenta se ve que era gente de posibles y por la época en la que se hizo, la cámara del fotógrafo pesaría unos 15 kilos, por lo tanto tuvo que llevarla en una caballería hasta el paraje», añade.
La llegada de la extraordinaria imagen a la exposición se debe al interés por la fotografía antigua de Timoteo. «Él la rescató durante la limpieza de un local y la guardó como un tesoro», recuerda Rocandio. «Por el tipo de árbol, deducimos la zona donde podía haber sido tomada», explica. Hasta ahí, poco más consiguieron averiguar de una instantánea única que un día Rocandio quiso compartir con sus alumnos de la Casa de la Imagen. Y fue casualmente en una de sus clases donde descubrió una nueva señal que le llevó hasta aquel árbol. «Una de mis alumnas, cuyo novio es agente forestal, me comentó que le había enseñado la foto a su pareja y que éste le aseguró que el roble todavía existía», relata. Ante tal descubrimiento, Jesús y Timoteo no pudieron resistirse a visitar el lugar. «Fuimos a buscarlo, me lleve a mis alumnos y nos hicimos la misma foto, en el mismo ejemplar que ya no está igual», sostiene. Y es que, caprichos de la naturaleza, la sacudida de un rayo «le causó un agujero en el tronco», lamenta.
A seis kilómetros de Canales, en la zona de la Pinareja, se erige el roble. «Está un poco averiado», bromea Leoncio García, oriundo de la localidad. Presume de haberlo visto varias veces, pero nada puede decir sobre aquel grupo de personas que hace más de un siglo se inmortalizaron bajo sus ramas. ¿Eran asiduos a su sombra? ¿Solían aprovechar el buen tiempo para compartir allí una merienda? Son preguntas que todavía no han encontrado respuesta y que el roble, testigo mudo de ese momento, se queda para sí mismo.
«Hace tanto tiempo que se hizo la fotografía que resulta imposible saber quiénes son», afirma Faustino García, embelesado por la belleza del retrato. También es natural de Canales, pero por más que mira la foto no logra reconocer a sus paisanos, que al igual que él parecen sentirse orgullosos del entorno natural de la zona, donde existen otros robles de características similares. «En Fuenteubieta, hay otro precioso que seguramente ganaría un récord», destaca. Este año lo ha visitado en tres ocasiones y no deja de sorprenderle. En una de las visitas le tomó las medidas con una cuerda. «De altura tiene 7 metros y por el tronco medí 8,70 metros», dice. «Está sano como una manzana», insiste.
La presencia de robles de este porte es habitual en el término de Canales. Hugo Calavia, el agente forestal que se percató de la existencia del ejemplar fotografiado, lo ha podido confirmar.


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